Cuando hablamos de chemsex solemos pensar en sustancias y encuentros sexuales, pero lo que vemos en la clínica es que allí también se juegan vínculos, necesidades afectivas y heridas que no siempre encuentran otros espacios donde expresarse. Para muchas personas del colectivo, el chemsex aparece como un lugar donde sentirse deseadas, acompañadas o parte de un grupo. Y esa dimensión emocional es tan relevante como cualquier otra.
Chemsex como espacio de pertenencia

Quienes participan a menudo describen sensaciones de libertad y conexión que en la vida cotidiana no siempre están disponibles. En un contexto social marcado por la homofobia, la soledad o la presión estética, estos encuentros pueden ofrecer un alivio momentáneo: ser visto, ser deseado, formar parte.
En muchos relatos aparece también la necesidad de ser reconocido dentro del grupo. No se trata únicamente de participar en un encuentro, sino de sentir que el propio cuerpo y el propio deseo tienen lugar. Para algunas personas, especialmente quienes han crecido en contextos donde la diversidad sexual ha sido cuestionada o invisibilizada, ese reconocimiento puede tener un valor emocional muy profundo.
Pero esa búsqueda también puede generar vulnerabilidad. El problema surge cuando la pertenencia depende de dinámicas que no siempre permiten expresar límites con facilidad. Muchas personas nos cuentan que aceptan dinámicas que no desean del todo por miedo a no volver a ser invitadas, o por temor a perder la sensación de pertenencia que encuentran allí; y eso puede pesar más que el propio malestar.
Dinámicas de poder que atraviesan los encuentros
Estas dinámicas no siempre son evidentes en el momento. Muchas veces solo aparecen al recordarlas después, cuando la intensidad del encuentro ya ha pasado. Lo que en un primer momento parecía una conexión profunda puede dejar sensaciones ambiguas: cercanía mezclada con incomodidad, gratitud junto a cierta confusión…
Puede ocurrir que algunas personas asuman el papel de cuidar emocionalmente a otros durante el encuentro, conteniendo malestares o intentando sostener el clima del grupo. Esa posición, aunque a veces nace del deseo de cuidar, puede dejar poco espacio para reconocer las propias necesidades.
Desde fuera pueden parecer espacios sin reglas pero, en el chemsex, también existen
jerarquías y posiciones de poder:
- Quien organiza o facilita las sustancias suele marcar el ritmo.
- Algunos cuerpos reciben más reconocimiento y otros quedan en los márgenes.
- La intensidad emocional que provocan las sustancias puede confundirse con intimidad profunda.
En ocasiones, lo que engancha no es la sustancia, sino el vínculo que emerge allí: la mirada de alguien, el sentir que una por fin pertenece.
Cuando algo duele pero cuesta decirlo

Nombrar estas experiencias no siempre es sencillo. El chemsex puede estar rodeado de silencio, miedo al juicio o temor a que lo vivido sea interpretado desde la culpa o el estigma. Por eso muchas personas tardan tiempo en poder hablar de ello con alguien.
En los últimos años han ido surgiendo recursos y servicios especializados que ofrecen información y acompañamiento para quienes atraviesan estas experiencias, como en CESIDA el proyecto «Hablemos de la Tina».
Mucho malestar queda silenciado porque se vive mezclado con deseo o gratitud. Algunas frases se repiten: “no quería, pero no quería quedarme fuera”, “sabía que me hacía daño, pero necesitaba sentirme parte”. Estas experiencias no hablan de debilidad, sino de la necesidad de reconocimiento que muchas veces arrastramos desde la infancia o la adolescencia.
Sin embargo, cuando se abre un espacio donde estas vivencias pueden pensarse sin moralización, empiezan a aparecer preguntas importantes: qué lugar ocupaba ese encuentro en la propia vida afectiva, qué necesidades estaban en juego o qué emociones quedaron sin poder expresarse en el momento.
Una lectura que también es social
El chemsex no puede entenderse solo desde lo individual. Está atravesado por la homofobia interiorizada, el estigma, la exclusión familiar, el racismo, la presión por encajar y la falta de espacios afectivos seguros. No es “un problema personal”, sino un fenómeno que emerge dentro de un contexto social que limita las formas posibles de vínculo.
La psicoterapia como un lugar para pensar lo vivido
Es importante recordar que no todas las experiencias de chemsex son vividas de la misma manera. Para algunas personas puede ser un espacio de exploración, deseo o comunidad. Para otras, puede convertirse en un lugar donde se mezclan placer, presión y dificultad para poner límites.
En Prisma Psicología entendemos que poder mirar estas experiencias con matices permite salir de visiones simplistas. No se trata de reducirlo a una práctica problemática o de ignorar los riesgos que pueden aparecer, sino de comprender qué función cumple en la historia emocional de cada persona.
Acompañar estas experiencias desde la psicología no implica juzgar ni prohibir, ni para decidir si es bueno o malo, sino para entenderlo desde la historia, el deseo y la necesidad emocional de cada quien.

